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SUCEDIÓ EN EL BOSQUE


Aquel atardecer la ví por el prado, 

caminaba apresurada, 

sus cabellos castaños ondeados

estaban libres al viento, 

divinamente beldad radiante. 


Al aproximarse al tupido bosque, 

el aire olor a rosas estaba. 

Con ansias escudriñaba el lugar

por su amor proscrito. 

Su piel nívea ardía por verlo a él. 


Cerró sus ojos tan hermosos, 

se imaginaba siendo acariciada

 en su espalda por los labios

de su amado. Se estremecía.


Suspiraba y gemía pensando

en los labios de su amor

en todo su cuerpo sinuoso. 

Desabotonó su blusa roja, 

 y descubrió sus areolas divinas. 


Temblaba sedente por ser amada. 

Suave, se apoyó de espalda 

en un árbol de tronco fornido. 

Entonces, cerró sus lindos ojos, 

sus manos en sus muslos, 

sus caderas se balanceaban. 


Ella gozaba epicúreamente.

se imaginaba besos desenfrenados

hasta en su tupido pelvis, 

donde de su amado enloquecía

desbordando sus pasiones. 


 Ella, capituló a los besos cálidos, 

entregó en señal de rendición

su monte sagrado de Venus.

Sus gemidos extáticos despertaron

  al inquieto e enhiesto Eros. 


De pronto, sintió que su blumer

fue humedecida por un calor

que la quemaba  donde confluyen 

sus hermosos muslos blancos. 


Había conquistado el culmen, 

remecía su cuerpo de nereida

apoyada de espalda en el árbol. 

Por detrás, unos brazos la ciñeron 

desde su delgada cintura. 


Ella sorprendida, miró hacia atrás, 

no fue el árbol, era su lobo feroz

quien la había devorado. 

Se puso muy feliz, indeciblemente. 


El Lobo Solitario

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