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Ella era una bella poesía,
y el, escribía sus versos
desde su piel de seda.
Lo hacía a besos locos.
Ella, le dió una rosa rosada
y el, besó sus pétalos,
alucinó con su aroma.
Jamás había sido tan feliz.
Ella, suspiraba de amor,
y el, frenético rimó
boca a boca a su poema.
Sus almas se unieron.
Ella, era su musa.
En las noches de Luna,
se entregaba delirante
a su "escribidor" de poemas.
La musa y su "esbribidor"
eran muy felices.
Nadie lo sabía,
excepto, la indiscreta Luna
El tiempo discurría,
el crepúsculo llegaba,
ella, fue más amada.
La flor sempiterna.
Poemas inagotables
manaban de su piel;
de su alma de niña,
nacía su tierna sonrisa.
Sus níveas manos,
como brisa de verano,
azuzaban nascencia
de versos inacabables.
Carlos Rafael

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