Ella, no sabía que era poema;
y él, al verla tan hermosa, deliró,
se volvió escribidor de los versos
de amor que había en su cuerpo.
Ella, con ansias de ser amada,
suspira en sus noches febriles;
gime con su voz de fémina divina,
es venus descubierta en su lecho.
Tiernas sus manos de seda,
rosan sutiles las sinuosidades
de sus encantos divinos.
El fuego de la pasión la consume.
Es poesía epicúrea insoportable,
copiosa de fruición incontrolable.
Sus labios aromados embriagan,
y su boca, se abre apetente...
Su escribidor, arrebatado al verla,
decodifica a besos freneticos
versos que arden en su cuerpo.
Ella acelera el advenimiento del cenit.
Los versos de ella, candentes,
queman los labios que la besan,
sus versos acometen con furor
hasta alcanzar su apoteosis.
¡Ah, su elixir!
A la musa lejana

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